Alejandra Pizarnik. Poeta de la oscuridad

Hablar de Alejandra Pizarnik es hablar de infancia perdida, de búsqueda de identidad, de muerte, de insomnio, de angustia, del inconsciente, de la locura, del viaje y del vagabundeo, del destierro…, pero sobre todo es hablar de poesía desgarradora que surge del interior, de una voz dura y profunda que transmite dolor, oscuridad, momentos fugaces y desolación, pero también una inmensa e intensa belleza. Flora Pizarnik nació en Avellaneda, Argentina, el 29 de abril de 1936. Procedía de una familia de inmigrantes judíos ruso-polacos que se había instalado en Buenos Aires, donde vivía un hermano del padre de Alejandra que tenía un negocio de venta de joyería.

Con el tiempo cambió su nombre por el de Alejandra en una búsqueda íntima de identidad. Junto a su hermana mayor Myriam realizó estudios en la escuela de Avellaneda y en la Zalman Reizien Schule, una escuela de hebreo donde aprendieron la lengua y la cultura del pueblo judío. A los diez años afloró en ella una tartamudez que le hacía retraerse y habitar, con otra consciencia y cierta sensibilidad, su propio mundo. En 1953 comenzó la secundaria, y en plena adolescencia, se acercó a la filosofía de Jean-Paul Sartre, la poesía de William Faulkner y la ingestión de anfetaminas.

A los diecisieta años Alejandra tenía diversas aspiraciones culturales; asistir a la facultad de Filosofía, a la escuela de Periodismo y Letras y al taller del pintor surrealista Juan Batlle Planas. Pero, según leemos en la biografía de la poeta, publicada por el Centro Virtual Cervantes, también «cultivaba las aficiones nocherniegas, perseguía el insomnio de las anfetaminas y procuraba olvidar rasgos que acomplejaban su carácter, como el asma y el acné» y fue también en esta época, hacia 1953, cuando cambió su nombre por el de Alejandra.

En 1954 decidió dedicarse solo al estudio de la Literatura Moderna y para ello ingresó en la cátedra del escritor y abogado argentino Juan Jacobo Bajarlía, a través del cual entró en contacto con los grandes autores como James Joyce, Marcel Proust, Andre Gide o el filosófo Soren Kierkegaard y a partir de aquí se inclinó hacia el surrealismo. Pero ese vínculo con el surrealismo es, en palabras de Francisco Lasarte, de la Universidad de Wisconsin, «superficial», ya que «Pizarnik delata una profunda incomodidad ante su propio discurso poético, y esto la diferencia radicalmente de los poetas surrealistas».

En cualquier caso, esa relación con el surrealismo la lleva a iniciar una terapia de psicoanálisis a los dieciocho años con León Ostrov, profesor de Psicología Experimental en la universidad de Buenos Aires, que dura un año, pero que se traduce en una amistad sólida y en un intercambio posterior de correspondencia de los años que pasa Alejandra en París, entre 1960 y 1964, y que será recogida en el libro Alejandra Pizarnik/León Ostrov. Cartas, editado por la profesora e investigadora sobre literatura argentina Andrea Ostrov.

El poeta y pintor argentino Enrique Molina escribe en su libro La hija del insomnio, que la poesía de Alejandra Pizarnik «gira en torno a dos polos magnéticos; la fascinación de la infancia perdida y la fascinación por la muerte». En la poesía de Pizarnik nos adentramos en la composición de versos que surgen de sí misma, de un lenguaje propio sin «rebuscamientos», como indica en la Correspondencia que Pizarnik mantiene con Bajarlía. En 1955 publica su primer libro, La tierra más ajena, calificado por el escritor argentino César Aira como «sorprendentemente bueno, aun olvidando el hecho de que la autora solo cuenta diecinueve años de edad». También ese año colabora con Bajarlía en la traducción de textos de los surrealistas Paul Eluard y André Breton.

Poco a poco Alejandra va creándose una identidad literaria que le lleva a entablar relación con otras personalidades literarias argentinas, como el poeta Raúl Gustavo Aguirre, el escritor y periodista Antonio Requeni y la escritora y crítica literaria Elizabeth Azcona Cranwell, con la que mantendrá una gran amistad. En 1956 Alejandra publica La última inocencia, que dedica a León Ostrov que, según el CVC, «desempeña una importante labor para el inconsciente de la autora» y en 1958 publica Las aventuras perdidas, que dirige al poeta Rubén Vela, su compañero en la revista literaria Poesía Buenos Aires, coordinada por Raúl Gustavo Aguirre.

En 1959 entra en contacto con el círculo de poesía Grupo Equis y publica en la revista Poesía=Poesía diez poemas que después, en 1962, reúne junto a otros en su obra El árbol de Diana, donde el miedo a la muerte y el miedo a la locura confluyen como temas principales; temas que le rondan y que se establecen incluso en sus conversaciones con la poeta argentina Olga Orozco, con quien Alejandra mantuvo una estrecha relación. Cuando se instala en París, comienza una relación de amistad con el escritor mexicano Octavio Paz, pero también entra en contacto con otros escritores como Italo Calvino.

Su estado depresivo lo contrarresta con colaboraciones para diversas revistas literarias, ciclos de conferencias y lecturas de poesía en público. En la biografía de Alejandra Pizarnik, escrita por la poeta y crítica literaria Cristina Piña (Alejandra Pizarnik: una biografía), se describe cómo su relación paternofilial «determinó una imposibilidad radical de crecer afectivamente y lograr, no ya simplemente una identidad sexual definida y estable, sino la realización de alguna forma de amor satisfactorio y pleno o una aceptación pacífica de su propia sexualidad y su cuerpo» que repercutió en sus «sueños y aspiraciones».

En 1965 publicó Los trabajos y las noches y en 1966 recibió el primer Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires. A través de la revista Sur estableció contacto con la escritora Silvina Ocampo, cuya figura literaria será importante para Alejandra. Sus últimas obras en vida serán La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa (1970-1971), La condesa sangrienta y El infierno musical. La madrugada del 25 de septiembre de 1972 Alejandra Pizarnik decide quitarse la vida. Según Cristina Piña, Alejandra había dejado sobre su mesa papeles dispersos y unas anotaciones que decían «No quiero ir nada más que hasta el fondo».

No obstante, tras su muerte, se publicaron más obras, como la colección de poemas El deseo de la palabra (1975), Zona prohibida (1982) o Textos de sombra y últimos poemas (1982).

El despertar (fragmento)

Señor

La jaula se ha vuelto pájaro

y se ha volado

y mi corazón está loco

porque aúlla a la muerte

y sonríe detrás del viento

a mis delirios

Qué haré con el miedo

Qué haré con el miedo…

 

Bibliografía:

Centro Virtual Cervantes: Alejandra Pizarnik, poemas.

LASARTE, F. (n.d): Más allá del surrealismo: La poesía de Alejandra Pizarnik. Universidad de Wisconsin.

PIÑA, C. (2006): Alejandra Pizarnik: Una biografía. Editorial Corregidor, Buenos Aires.

Post a Comment