Edward Hopper. ¿Soledad o incomunicación?

Edward Hopper. ¿Soledad o incomunicación?

El pasado julio, con todas las medidas de seguridad que debían tomarse respecto al Coronavirus, asistí a la exposición Edward Hopper de la Fundación Beyeler de Basilea (Suiza). La exposición solo mostraba alguno de sus cuadros más conocidos, ya que se centraba sobre todo en aquellos que representaban la infinta inmensidad del paisaje estadounidense y de su paisaje urbano. Según la Fundación, este es un tema que se ha tratado poco en las diversas exposiciones realizadas sobre el pintor, pero que es importante para comprender globalmente su trabajo. La exposición incluía acuarelas y óleos de la década de 1910 a la década de 1960, proporcionando así una visión completa y emocionante de otra faceta de Edward Hopper como pintor. Edward Hopper nació en 1882 en Nyack, una villa del condado de Nueva York. Su vida  transcurrió entre Nueva York y la península de Cape Cod, en Massachussets, donde pasaba los veranos en su estudio. Realizó diversos viajes por Europa entre 1906 y 1910 y falleció en 1967 en la ciudad de Nueva York.

Si recorremos algunos de los cuadros más famosos de Hooper, los de personas como atrapadas en habitaciones vacías de apartamentos ajenos a la realidad, nos llama la atención el minimalismo elegante y sereno de los personajes femeninos de algunos de ellos, para los cuales posó en su mayoría Josephine, su esposa. El paso del tiempo lo refleja Hopper en los cambios en los cuerpos de sus modelos y no en aquello que vislumbran a través de sus ventanas. Se ha escrito mucho sobre la soledad de las personas que retrata Edward Hopper entre gasolineras, moteles, bares o trenes, pero quizás sería más acertado hablar de incomunicación, como apunta el historiador de arte Valeriano Bozal (Madrid, 1949). En algunos de sus cuadros aparecen grupos de personas en los que cada uno parece absorto en sus pensamientos. Pero también hay personas en soledad que parecen incomunicadas con el medio que les rodea. En definitiva, es soledad en un mundo bullicioso, violencia oculta bajo la neblina de la cotidianeidad, el miedo y el sufrimiento con colores vivos que lo enmarañan.

El fotógrafo Richard Tuschman así lo interpreta en sus Hopper Meditations, donde la soledad y la alienación, pero también la búsqueda interna, se muestran bajo una luz tenue característica en escenarios de mediados del siglo XX. Para Tuschman el misterio y la complejidad de la condición humana conforman escenas donde parece haberse detenido el tiempo por un momento, donde los personajes parecen sumidos en una ensoñación profunda o quizás resignación. En cualquier caso son narrativas sin fin; imágenes en la que la interpretación final se deja al espectador.

Edward Hopper era en 1913 uno de los representantes del nuevo espíritu en el arte tras exponer en la famosa exposición Armory Show, celebrada en Nueva York entre el 17 de febrero y el 15 de marzo de 1913. Hasta entrados los años 60 del siglo XX, Hopper pintó sus cuadros con el mismo estilo consolidado que remarcó el intenso contraste entre luces y sombras con efectos surrealistas contenidos. Edward Hopper fue un gran aficionado al cine, de películas como El Halcón maltés, de John Huston (1941) o Marty (1955) de Delbert Mann que fueron para el pintor una gran fuente de inspiración. Los paisajes representados por Hopper transmiten cierta incertidumbre de significado y en ellos se muestran temas típicamente estadounidenses de la época, pero siempre con esa sensación de atemporalidad donde lo que sobra no aparece.

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